Autor: Aurelio
Alonso. Ensayo premiado en la Segunda Edición del Concurso Internacional
"Pensar a Contracorriente".
Todavía no hemos asumido a fondo la profundidad
de los acontecimientos que marcaron, al decir de Eric Hobsbawn, el final del
siglo XX, que él ha calificado de "corto": el derrumbe del sistema
socialista nacido de la Revolución de Octubre y el fin del orden bipolar que
surgió de la Conferencia de Yalta. Y por otra parte la consolidación,
enteramente dentro del escenario capitalista, de la nueva revolución
tecnológica que ha abierto el paso de la civilización industrial a la
civilización informática.
La promesa de una sociedad distinta,
postcapitalista, que incentivaría las capacidades humanas desde un orden
equitativo y justo, no se hizo viable en el siglo XX. Al final, la prueba de la
eficiencia, que el socialismo aceptó
dirimir dentro de los patrones fijados por el capital, la ganó el
capitalismo. Y la ganó en el terreno de la economía porque el socialismo la había perdido en el terreno
de la política. La institucionalidad política que se había dado cedió
sorpresivamente al impacto del primer revés integral sufrido dentro de las
reglas del mercado financiero mundial.
Sería ingenuo, y hasta peligroso para las
experiencias socialistas que han resistido al derrumbe, atribuir esta
fragilidad política a la conducción de un gobernante en lugar de mirar hacia las estructuras del sistema.
Como si nos olvidáramos de que en el capitalismo
los gobernantes pasan continuamente y el sistema se sostiene por sí mismo. No
veo lectura sensata que no parta del reconocimiento de la insuficiencia de las instituciones que el socialismo del siglo XX
engendró. No lo digo como una conclusión sino como la hipótesis, o al menos
la pista para una agenda de la investigación que nos falta realizar a fondo,
sin dejarnos llevar por dogmas ni por ilusiones; y a la que estamos obligados
para que nuestras respuestas a los reveses no se queden en el corto plazo.
Probablemente la empresa de levantar un nuevo
modo de producción, uno superior al capitalista, en el propio siglo XX, haya
sido un empeño prematuro. Pero en tal caso esa experiencia histórica no habrá
sido en balde. Cuando menos tenemos que reconocerle la dimensión de un
antecedente, como ensayo general, como prueba de que el desencadenamiento de
esta fuerza liberadora es posible, necesario y promisorio, más allá de
cualquier inventario de insuficiencias y deformaciones en el malogrado episodio
soviético del socialismo de Estado. Lo cierto es que la humanidad ha vuelto a
quedar atrapada en manos del 0,008% de la población mundial, una minoría que
monopoliza los beneficios de la revolución tecnológica y que impone todas las
reglas a su arbitrio, desde un modelo de dominación que adquiere al fin una
configuración verdaderamente universal para el capital.
Cada vez que me asomo al tema de la globalización
insisto en nombrar la centralidad del
poder del capital transnacionalizado, para no dejar en las ramas la
connotación del concepto. Fernando Martínez, en uno de los ensayos recogidos en
su libro Corrimiento hacia el rojo, advierte que "neoliberalismo o globalización son palabras de un lenguaje que limita el pensamiento a debates secundarios
o a confusiones".[1]
Yo también encuentro validez
en estas prevenciones. No porque haya que desestimar esos conceptos, sino en
aras de no permitir que nos saturen el discurso, dándole un sentido falso. Para no olvidar que uno y otro hacen referencia
al ordenamiento mundial a partir de que la transnacionalización del capital
implantó dispositivos propios de dominación sobre el sistema capitalista
mundial. Estamos ante un rasgo
estructural, un nuevo eslabón en el proceso de concentración y centralización
del capital, y estimo imprescindible tener en cuenta que cuando hablemos de
"alternativas al neoliberalismo" estaremos hablando de alternativas
al poder del capital transnacionalizado, o a sus efectos relacionales, físicos,
humanos, espirituales e institucionales, por tipificar esferas de lo social
donde ese poder de dominación cobra forma más allá de lo estrictamente
económico.
Subrayo desde ahora que estoy haciendo referencia
a una relación de poder. Parecería que, al
no desarrollar suficientemente una teoría del poder, Carlos Marx dio lugar
a que entre sus seguidores prevaleciera la tendencia de reducir el poder a la esfera de la política. En el mainstream del
marxismo —ortodoxo y heterodoxo— se consolidó así una visión superestructural
del poder, que se plasma en su identificación, en sentido estricto, en el poder
del Estado, o dicho más exactamente, en
el Estado como expresión exclusiva del poder.
No del poder que atraviesa
todas las esferas de las relaciones sociales, comenzando por la familia, la
célula básica de la sociedad, para seguir en el seno de las relaciones
económicas (y eso, las relaciones de explotación, sí nos consta a todos que
Marx lo vio con claridad desde los textos económicos que anteceden al
Manifiesto Comunista), en todas las manifestaciones de la institucionalidad
civil (comenzando por las instituciones religiosas, para las cuales el poder
constituye un elemento clave), y por supuesto, culminar en su más auténtica y
concentrada manifestación institucional: el Estado.
Los conceptos de hegemonía y de dominación son
expresivos, precisamente, de la relación de poder. En todas las esferas en que
este se manifiesta. Estimo que en nuestros días tampoco se puede hablar de
"globalización neoliberal" sin hablar de "hegemonía", a
riesgo de quedarnos atrapados entre el deslumbramiento de la formidable
revolución tecnológica de nuestro tiempo, en un extremo, y la angustia del
círculo vicioso neoliberal en el ordenamiento económico y social del mundo, en
el otro extremo. Y de perder, entre deslumbramiento y desesperación, la
perspectiva histórica integral.
El aporte gramsciano al descubrimiento teórico de
Marx fue decisivo para la vindicación del concepto de hegemonía, su diferencia y a la vez su nexo inseparable con el de dominación, sobre el cual Lenin había
hecho ya un aporte decisivo. El último para denotar la coerción, en tanto el
primero subraya un efecto "intelectual y moral" que hace que el poder
sintetice una "combinación de
fuerza y consenso".
Antes de Antonio Gramsci, y también ahora con la
mayor frecuencia —pues su pensamiento no ha sido tomado en cuenta con la
atención que merece— ambos conceptos suelen usarse indistintamente, como si
esta significativa diferencia que él develó fuese una simple sutileza del
lenguaje.
La lectura gramsciana se presenta a partir de una
relación que tiene lugar dentro de la especificidad del bloque histórico, pero
que resulta también válida aplicada al sistema-mundo, y adquiere un
extraordinario valor explicativo para desentrañar los lazos de poder en la
época del capital transnacionalizado. Decir que hablamos de hegemonía para
designar simplemente a la supremacía de un Estado sobre otro puede resultar una
reducción. Robert W. Cox lo expone en términos muy convincentes cuando señala:
"El concepto hegemónico de orden mundial está fundado no solo en la
regulación del conflicto interestatal, sino también como una sociedad civil
concebida globalmente, esto es, un modo de producción de dimensiones globales
que pone en funcionamiento conexiones entre las clases sociales de los países
abarcados por él".[2]
A partir de estos supuestos propongo, antes de
hablar siquiera de alternativas, asomarnos a algunos de los grandes mitos que la hegemonía neoliberal ha
logrado imponer al mundo. Sin atenerme a una secuencia histórica, ni a un orden
definido de relevancia, pienso que tal vez la idea de la "terminación del orden bipolar"
podría ser el primer mito que se
presenta a nuestra mirada. El orden bipolar en realidad no ha desaparecido,
sino que el sentido de los polos se nos muestra distinto, otro del que se nos
había propuesto como prioritario. Cabría decir más bien que ha desaparecido la
centralidad de la contradicción Este-Oeste,
nomenclatura geográfica que encubre una competición de potencias
(pretendidamente de formaciones socioeconómicas), una confrontación de
hegemonías (y no solamente la confrontación por la hegemonía).
Ahora habría pasado al centro la contradicción Norte-Sur, para mantenernos
denominándolas según la geografía. De modo que, de reconocer validez en esta
apreciación, el orden bipolar no terminó, sino que mostró tener otro sentido.
No es este un recurso retórico: sugiere incluso
la posibilidad de que haya pasado el tiempo de la competición de las potencias;[3] revela
igualmente el hecho de que no hemos
desembocado en un mundo multipolar (y me pregunto si en rigor podríamos
hablar de unipolaridad, dado que la connotación de lo polar alude siempre a dos
polos, lo que querría decir que "unipolar" es un sinsentido), sino en
un mundo en el cual los polos están marcados por la riqueza y la pobreza, la confrontación más antigua en la historia.
A la altura de los años 60
estudiosos latinoamericanos y europeos focalizaron desde diversos ángulos el
primado de la contradicción Norte-Sur
en un cuadro asimétrico del ordenamiento mundial. Desde entonces esta relación
ha recibido designaciones muy diversas según los rasgos que se destaquen:
primer y tercer mundo, países industrializados y no industrializados, países
desarrollados y subdesarrollados (o en desarrollo, desde una lectura
complaciente), centro y periferia, países acreedores y países deudores.
El hecho es que el derrumbe del socialismo
soviético ha venido a confirmar que el plano verdadero, estructural, del
bipolarismo cobraba forma en una solución de continuidad de las relaciones de explotación -todavía no
de ruptura- enmarcado por la distribución y el poder sobre las riquezas. Y que
ahora nos ha tocado descubrirnos en medio del mundo del capital transnacional,
de su poder omnímodo. Ya no más en el mundo de los grandes bloques en pugna.
Lo que tenemos ante nosotros no es un dato
exclusivamente económico, sino también, de modo inseparable, un dato de poder,
que toca a todos los niveles de las relaciones sociales, lo que ha llevado a
algunos autores a calificarlo de crisis civilizatoria. Se le ha llamado a este
tiempo "medioevo tecnológico". Intento resumir en las notas que
siguen los rasgos que considero distintivos y los mitos que ha armado
la hegemonía.
1.- La
aparición de nuevos pactos de poder.
La asociación entre el capital transnacionalizado
y los Estados de los países capitalistas centrales en el ejercicio de la
hegemonía, con la subalternación cómplice de las burguesías y los gobiernos de
los países periféricos, cuyo compromiso de clase a escala global ha hecho desaparecer en la práctica la
competitividad del interés nacional.
Y ha generado nuevas normas de servilismo
y corrupción en las democracias de la periferia.
Este sería, a mi juicio, el rasgo que diferencia
en un sentido más general a la etapa de concentración capitalista y el orden en
el cual vivimos hoy, de los que le precedieron. Me parece importante detenerme
en un par de aclaraciones, por obvias que se les considere: la primera es que
no se da como ruptura, que el capital no se hace transnacional volviéndose
antagónico con la geografía en que se origina. Las empresas transnacionales también tienen patria, y es
archiconocida la concentración de las transnacionales en Estados Unidos, en un
primer plano, seguida de los países más ricos de Europa y de Japón.
Es precisamente esta asimetría en la localización
del capital transnacional la que da cuenta de la concentración de poder
económico y la dominación de Estados Unidos en el sistema mundial. Digo
"poder económico" con toda intención porque las diferencias
económicas, incluso entre los centros capitalistas, no se limitan a diferencias
de riquezas, de lo que arrojan las cifras del PIB, el PIB per cápita, y otras
estadísticas, sino que devienen, al propio tiempo, diferencias de poder.
La segunda aclaración se
refiere a lo que distingue al orden actual del que le precedió, centrado en las
competencias entre los monopolios locales; la competencia monopólica
transnacionalizada se presenta marcada por la capacidad de acción, la autonomía
supranacional, la asunción de una alta cuota de control sobre los instrumentos internacionales, y la influencia que
alcanzan sobre los intereses nacionales.
Tal vez el mejor y más
antiguo de los ejemplos que reflejan con claridad este pacto es la historia de
la formación del sistema de competencia de las transnacionales petroleras, las
legendarias "siete hermanas".
En resumen, que el ordenamiento actual se nos
presenta caracterizado por el pacto
de poder entre los Estados y el capital transnacionalizado.
2.- La
subordinación de la inversión productiva a la inversión especulativa en los
circuitos de la reproducción del capital.
La especulación prevalece ahora en la
reproducción del capital y adquiere peso en la regulación de la inversión productiva:
se pueden mover volúmenes apreciables de
ganancias sin producir un alfiler. Es una deformación que se transfiere
progresivamente a todo el sistema. Las sumas que circulan a diario en los
mercados de divisa representan unas 50
veces el valor de las transacciones de bienes y servicios no financieros en
el mercado. En México, el TLCAN ha llevado la inversión especulativa a las
cuatro quintas partes (80%) de la inversión total y a estas proporciones
llevaría seguramente el ALCA a toda América Latina.
El debate de los años 60, que confrontaba la
orientación hacia las estrategias de "industrialización sustitutiva"
como elemento para fortalecer la salida del subdesarrollo, frente al
"redesplazamiento del capital industrial", ha sido barrido por la
violencia monetaria impuesta por las dinámicas dominantes del capital.
El cambio en la composición de las inversiones se
convierte así en un nuevo factor de desestructuración de las economías de la
periferia que la asociación de "libre comercio" con las grandes potencias
parece que va a intensificar de manera invariable. Por tal motivo hablaría de un segundo mito, el de la
"incentivación de las inversiones", mito que pudiéramos considerar
una variante neoliberal de otro más viejo y quizás más global, que es el mito del
"derrame"; o sea, la desacreditada ilusión que pretende justificar el
enriquecimiento, sin límite y a cualquier costo, de las minorías con la falacia
de que esto produciría un
"derrame" (chorreo) de bienestar sobre las clases subalternas (o
las economías subalternas, en el plano del ordenamiento internacional).
3.- El
primado que adquieren las relaciones entre deudores y acreedores, dentro de la
relación entre periferia y centro.
Estas relaciones se han convertido en el lazo que arma de
conjunto la viabilidad y la perpetuación de la economía subalterna dentro del
esquema neoliberal. El tercero de los
grandes mitos de la ideología neoliberal —e insisto en que los identificaré
a medida que salgan a flote— sería el mito de los "países deudores", como si hablásemos de una condición
natural. Pues en realidad los más ricos
son los que más deben, tanto en términos financieros, como en sentido
rigurosamente histórico.
La más
elevada de las deudas (externa y externa, pública y privada) es la de Estados
Unidos, seguida de las de las economías más dinámicas de los centros
capitalistas. Pero la dependencia no es
definible en términos de cifras de endeudamiento. En cuanto a la historia,
no existe contabilidad ni medios de reclamar el saqueo de cinco siglos, las
deudas históricas sobre las cuales los centros capitalistas construyeron su
acumulación originaria.
No
obstante, lo que ahora importa para nuestra caracterización del significado de
la deuda, no es definir quién debe más en realidad, sino verificar que el endeudamiento, a partir de los créditos
de los años 70, se convirtió en el medio principal de sangramiento de las economías del Sur, y en el principal instrumento de poder, económico,
político y social del Norte sobre la periferia. Y que a la larga no es un
problema que se resuelva con períodos de gracia, y ni siquiera con
condonaciones, sino que se requieren mecanismos que, además de limpiar las
cuentas, eviten que los efectos del endeudamiento para las economías de la
periferia rebasen la condición de una estricta obligación de pago.
4.- La
intensificación de las dinámicas de empobrecimiento y desigualdad.
En la década de los 90 los
ingresos del 1% más rico en América Latina pasaron de 220 a 230 veces los
ingresos del 1% más pobre. El 2002 finalizó con 221 millones de pobres, 7 millones más que el 2001, medido por
raseros fijados por el Banco Mundial (cuyas insuficiencias para revelar la
verdadera situación de pobreza han sido demostradas), a pesar de los esfuerzos
desplegados por mitigar la pobreza y algunos logros relativos obtenidos. Estas
dinámicas no pueden ser revertidas a partir de la lógica del capital, que es la lógica de la ganancia. La
incompatibilidad entre la eficiencia capitalista, basada en la ganancia, y la
perpetuación de patrones de equidad y justicia social, que supone la
incorporación racionalizada del gasto no productivo a los mecanismos
económicos, adquiere su máxima expresión en el esquema neoliberal.
Cobra un sentido especial el concepto de pobreza estructural, frente a una
visión coyuntural de la pobreza, para explicar la reproducción sistémica del
fenómeno en escala ampliada. También el concepto de marginalidad, que no es coextensivo con el de pobreza, pero que
define un universo social estrechamente vinculado a ella. Y el concepto de exclusión, usado para explicar la
existencia de una franja de población considerada como prescindible por el
sistema. "No estamos entrando en otra era más de ricos y pobres, como en
la Gran Depresión. El nuestro es un mundo de incluidos y excluidos".[4]
La dicotomía tampoco se limita ya a los términos
que expresan la situación de escasez en que tiene que vivir la inmensa mayoría
de la población del planeta, sino que alude a disparidades que fuerzan un tipo
de inserción de las regiones geográficas en el sistema internacional.
No tiene nada de casual que el tema de la pobreza
se haya convertido desde el último cuarto del siglo XX en una de las
preocupaciones más acuciantes en los medios políticos, tanto como en los
académicos, por el fracaso que una civilización tecnológica con las mayores
capacidades productivas de la historia, suficientes para eliminar los problemas
del hambre, la educación y la salud, se muestre impotente para ello debido al modo en que la sociedad se encuentra
ordenada.
5.- La
nueva división del trabajo
A la vieja "división
del trabajo" entre centro y
periferia (es decir, la que el centro impone a la periferia), basada en la
economía de plantación y la extracción de recursos minerales y materias primas
enmarcada por la marea de exportación de capitales desde finales del siglo XIX
hasta el XX, se superpuso una nueva
a partir de la década de los años 60 del siglo que concluyó; centrada esta en
las industrias de subcontratación o
maquiladoras, en el turismo, y en las remesas familiares procedentes de la
emigración. Por razones obvias, voy a pasar por alto ahora una descripción más
detallada, pero quiero insistir en dos rasgos generales. El primero, que no se
trata de situaciones coyunturales, sino que estos nuevos elementos son introducidos estructuralmente por
las dinámicas propias del ordenamiento impuesto por el capital
transnacionalizado. El segundo rasgo es que los tres nuevos elementos son indicativos de la profundidad a que ha
llegado la brecha entre países ricos y
países pobres.
La profundización de la brecha entre Norte y Sur
se refleja en la totalidad de esta configuración. En el caso de la maquiladora,
a través del movimiento del capital hacia el mercado laboral más redituable, donde la elevada disponibilidad de
fuerza de trabajo convierte a la superexplotación en una estrategia de
subsistencia para una población que carece masivamente de otras posibilidades
de empleo remunerado.
El mercado turístico (que ha
sido llamado por sus apologistas "la industria sin chimeneas") supone
el aprovechamiento de los recursos naturales de los países del Sur como
producto de exportación, ante la carencia de otros más lucrativos. Constituye,
a mi juicio, una franja de las economías periféricas que pudiera ser mucho
mejor aprovechada, si se regulara con más rigor la participación del capital
transnacional, y se fortaleciera la presencia de la propiedad nacional
socializada (no solamente estatal). Es un sector en el cual pienso que la
experiencia cubana ha logrado resultados aprovechables en otros escenarios.
A medida que crecía la corriente migratoria de
los países de la periferia a los centros capitalistas en busca de empleo en
mejores condiciones, se fue incrementando también el peso específico de las
remesas familiares hacia los lugares de origen, y estas constituyen hoy en
muchos países de América Latina la más importante fuente de ingreso en divisas.
Esta situación de ningún modo es estática, pues es de sobra conocida la
intensificación de las dinámicas migratorias que caracterizan la entrada en el
presente siglo. Se puede pronosticar por lo tanto que la relación migración-remesas no solo se va a
intensificar, sino que también va a generar un proceso de complicación cargado
de contradicciones.
6.- El
debilitamiento del Estado-nación en los países periféricos
(Subrayo, en los periféricos) frente al capital
transnacionalizado y frente a los organismos económicos internacionales. Me
refiero a un circuito de procesos que incluye la pérdida de poder económico a
través de las privatizaciones, del manejo irresponsable y abusivo de los
recursos naturales, del abandono de la voluntad política de respuesta y
resistencia, y de la pérdida consiguiente de soberanía funcional.[5]
Aquí aparece un cuarto mito de la ideología neoliberal: el mito de la "desregulación". Supuestamente la
supresión de regulaciones sobre la economía sería una condición de eficiencia, una sine qua non del buen funcionamiento del mercado.
Esto es totalmente falso, pues la economía de
mercado no responde desde hace mucho a la "mano invisible" que
proclamaba Adam Smith.
Hoy lo que prevalece no es, de ningún modo, el
mercado libre, sino un mercado bien diferenciado y administrado. ¿Cómo competir
desde las agriculturas periféricas en el mercado con las agriculturas de los
países ricos, si el agricultor medio en Europa recibe 16 000 dólares de
subsidio anual, y el norteamericano 20 000?[6]
¿Cómo hablar del predominio
del mercado global cuando este representa entre el 15% y el 20% de las
transacciones mercantiles, en tanto que el 80% o el 85% restante, es decir, el
grueso del comercio mundial, tiene lugar entre las transnacionales?
En realidad el mercado se mueve hoy a partir de
los conductos de una planificación
centralizada desde los centros del capital y no por la acción de la ley de
la oferta y la demanda.
En definitiva, el único objeto de desregulación es la capacidad de los Estados periféricos de responder a
los intereses de sus pueblos,
crecientemente sumidos en condiciones de pobreza.
7.- El poder irrestricto de
la especulación ha otorgado un carácter estructural a los circuitos financieros
negros
Circuitos cuya naturaleza es
distinta en esencia de las gruesas franjas de economía informal generadas por
la exclusión, que se han convertido en el espacio de supervivencia para la
población empobrecida. Hablamos ahora de corrupción, y no de cualquier tipo de
corrupción. Recuerdo siempre, de mis tiempos de estudiante, a un profesor de
una asignatura de Seguros quien decía que existían solo tres maneras de llegar
a rico: la primera era nacer rico y heredar, la segunda era casarse rico (o
rica), y la tercera consistía siempre en
quitarle el dinero a otro. Porque el dinero nunca está inactivo, en algún
lugar, esperando por alguien que lo adopte. No pretendo convertir la anécdota
en una cita de autoridad, pero no podemos pasar por alto la falta de escrúpulos
que entraña la naturaleza misma de la competencia capitalista: la corrupción legitimada.
Un quinto
mito que creo que se conforma es el de confundir las maneras en las que
buscan la subsistencia extensas franjas de la población que nacen y mueren sin
conseguir en su vida un empleo remunerado estable (los excluidos de que ya
hablamos), con el lucro del tráfico de narcóticos, de armas, de personas, y de
influencias, y aun con el saqueo del erario público. Abigarrado todo bajo el
concepto de economía informal. Es un
mito para el cual confieso que no he encontrado aún un nombre bien
diferenciado, pero no por ello menos real que los otros.
Ahora no me refiero por supuesto a la
informalidad en la obtención de la subsistencia, sino a las modalidades de la corrupción vinculadas a
los circuitos transnacionales de la acumulación de capital. Más allá de los
llamados "paraísos fiscales", existen ya extensas regiones fuera de
la jurisdicción de cualquier Estado. No se excluye que algunos países muy
endeudados ingresan sumas más cuantiosas procedentes de la droga, el comercio
de armas y del contrabando humano que de las fuentes de la economía formal. Los
Estados, casi siempre los pequeños, pero incluso los grandes, carecen
frecuentemente de recursos suficientes para hacer frente al cártel, que también
introduce la corrupción en sus dispositivos de control policial.
El peso específico de este mercado a escala
global hace difícil distinguir en las altas finanzas al dinero sucio del
limpio. El lavado de dinero consta de tres etapas: la "colocación" de los ingresos
ilegales en un contexto legítimo, que no
requiera revelar el origen de los fondos; la "estratificación", que consiste en movilizar los activos en una
serie de transacciones para ocultar su
localización; la "integración",
que supone la eliminación de cualquier indicio de origen ilegal a través de la disolución de los fondos en la economía
convencional. La introducción de los espacios virtuales, frente a los
territoriales, aporta rapidez y anonimato a los mercados de capitales de todo
tipo, y en consecuencia al lavado.[7]
En tanto, en las relaciones
intergubernamentales, los temas de la "lucha contra las drogas", la
"lucha contra el terrorismo", y otros, en lugar de contribuir a
soluciones efectivas devienen indicadores de mecanismos de fuerza, de
aplicación del poder con otros fines. Así se pone de manifiesto en el Plan
Colombia, o en la ley norteamericana llamada "de ajuste cubano", y se
mezcla con la concepción de la guerra que vemos aparecer en la invasión a
Afganistán, primero, y ahora a Iraq.
Aquí tendría que incluir un sexto mito, el más reciente de todos, que llamaríamos después del
11 de septiembre del 2001 "el mito
de las cruzadas".
Con antecedentes
condicionantes, como el más que cincuentenario mito del "mundo libre"
frente al mundo comunista, que saturó el discurso norteamericano y europeo de
postguerra. Mito que tuvo un éxito apreciable en ocultar al Occidente que vivía
en un mundo que de libre tenía muy poco.
8.- Aparece, en este contexto, una nueva concepción de la guerra
manejada por el vencedor, que está determinada de antemano por la superioridad
logística y económica, y que va delineando las reglas de entrada y de salida en
el conflicto bélico sin tomar en cuenta para nada la situación y el criterio
del vencido, que por supuesto también ha quedado definido de antemano. La
guerra vuelve a ser, sin duda, la válvula de escape de tensiones económicas y
el medio de afirmar intereses de dominación (como es el caso de las reservas petroleras),
y de fortalecer zonas de influencia (como el control geopolítico del Medio
Oriente).
Es difícil pensar ya, dada la asimetría
existente, en una tercera guerra mundial con el perfil de las dos anteriores,
libradas a partir de bloques de fuerzas en contienda. Ahora parecería que cada
día nos adentramos en el mapa de una guerra de los centros de poder contra la humanidad, contra los que cada
vez más se resisten a aceptar, en parte o en todo, los esquemas hegemónicos del
imperio. Una guerra en la cual quienes combaten (y pienso básicamente en la
infantería) a favor del poder del capital no tienen por qué entender su
verdadera naturaleza, sino todo lo contrario: necesitan sentirse los
portaestandartes de una cruzada purificadora.
Aquí radica en esencia el sentido del "mito
de las cruzadas" al cual me referí líneas atrás. ¿Cómo movilizar sin este
mito para el combate las aventuras de invasión?
De ahí que la confianza en
la superioridad logística se haya hecho tan relevante. De ahí también que el
efecto disuasorio de las bajas al invasor, producidas con frecuencia por
métodos irregulares ante la imposibilidad de hacerlo de otro modo, adquieran un
decisivo significado de disuasión.
9.- La revolución tecnológica del siglo XX, que debió servir para
escolarizar y educar al hombre nuevo, ha devenido una estructura de
mantenimiento de la inercia, de adocenamiento, de creación y difusión de mitos,
y el auspiciador principal de la insensibilidad dentro del totalitarismo del
mercado. La insensibilidad muestra una ruta de crecimiento que incide en la
deshumanización de la sociedad. La imagen del niño que muere de inanición ha
perdido impacto en el habitante del primer mundo. La tragedia de la población
del África subsahariana, que camina paso a paso al destino de ser diezmada por
el SIDA, se escapa a la sensibilidad de las mayorías en las poblaciones del
Norte.
No creo que haya sido la solidaridad humana (y
que me perdonen las excepciones, que muchas conozco) lo que motivó la
receptividad entusiasta ante el discurso presidencial de la cruzada
antiterrorista posterior al 11 de septiembre del 2001, sino el pánico, la
inseguridad y la desconfianza. La reacción fundamentalista no sale de la
pregunta ¿cómo fue posible que sucediera?, sino de otras preguntas, como: ¿qué
hacer para evitar que se repita?, ¿cómo evitar que toque a mi familia? En esta
coyuntura lo que preocupa al implicado no se vincula a los que perecieron tanto
como al riesgo de figurar en la nómina de los próximos. En tanto, las cruzadas
no hacen más que engrosar las nóminas de los próximos.
La intolerancia genera intolerancia; esa es una
verdad universal, en ningún caso para bien, siempre para mal.
Y la resistencia armada del pueblo iraquí, que
escribe hoy una página de gloria en defensa de su independencia nacional sin
precedente en la historia de las recientes granjerías del imperialismo, queda
codificada como terrorista ante la opinión pública de los países invasores.
Tenemos que vérnoslas con una maquinaria tan perfectamente engrasada, tan
efectiva, tan articulada, que se hace un desafío de primer orden lograr que el
sentido común llegue a tener sentido.
10.- El
mundo no se ha hecho realmente más democrático
Las 15 transiciones
políticas de dictaduras militares a regímenes formalmente democráticos, que
tuvieron lugar en el último cuarto del siglo XX en América Latina, arrojaron
resultados tan impopulares que han provocado un efecto de desilusión traducido, entre otras cosas, en abstencionismo
electoral, en la opción por candidatos no vinculados a partidos políticos
tradicionales, en el rechazo al sistema pluripartidista corroído en todas
partes por el clientelismo.
El sistema político, concebido según los patrones
del presidencialismo norteamericano, ha mostrado —como en los propios Estados
Unidos — la involución hacia una verdadera subasta de cargos en la cual las
posibilidades de elección se vinculan, sin recato de tipo alguno, a los
recursos de que disponen los candidatos para costearse la campaña.
El incremento de la
incidencia en casos de corrupción y enriquecimiento de los mandatarios, ahora
electos en las urnas, se ha sumado a la tradicional desatención de los
intereses de la población. Estamos ante el séptimo
de los mitos de la ideología neoliberal, el mito de la "transición democrática", sobre el cual habría ya
mucha tela por donde cortar.
No es mi intención pasar por alto lo positivo que
reporta este cambio en el continente, pero el saldo en esa cuenta está muy
lejos de ser satisfactorio.
Expuestas estas
consideraciones, con cierta pretensión de diagnóstico, la pregunta a la que
quiero acudir ahora es: ¿Existe alternativa para el orden neoliberal impuesto
por el capital transnacionalizado?
El octavo
mito que voy a citar, tal vez el primero de la ideología neoliberal, visto
cronológicamente, al transitar la propuesta de Hayek del plano teórico a la
aplicación práctica a principios de los años 80, fue el que quedó enunciado por
Margaret Thatcher en aquella frase que sigue recorriendo el mundo: "There
is no alternative" ("No hay
alternativa"), y que de tanto repetirse se convirtió en la sigla TINA.
Hacer creer simplemente que no había otra salida
que la aplicación de la fórmula neoliberal, tan desacreditada en el debate de
las décadas precedentes.
Sin embargo, desde la segunda mitad de los años
90, las crisis bursátiles llevaron a replantear a algunos, en el plano práctico
y en la teoría, la limitación de la fórmula de la privatización como pivote
estructural del neoliberalismo. En su discurso de despedida al abandonar la presidencia
del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdesus reconoció: "Nos hemos
equivocado" al evaluar los resultados de la aplicación del modelo
neoliberal. Hoy empezamos a observar incluso desprivatizaciones en diversos
sectores: aeropuertos, ferrocarriles, distribución de aguas.
Han aparecido doctrinas reformadoras de derecha
para el sistema, como las de George Soros y la "tercera vía" de
Anthony Giddens, y más recientemente otras más críticas, como las propuestas
del premio Nobel de economía Josepth Stiglitz.
No estamos ya en el auge de la alternativa de
Thatcher y Reagan, sino en el inicio de su declive. Estamos ante la necesidad
de buscar otras alternativas que ellos deslegitimaron en los años 80. Desde una
proyección de izquierda se ha producido un movimiento de articulación más
orgánico de la protesta social, con numerosas organizaciones, variadas, de
distinto alcance y tonalidades políticas, que comenzaron por manifestarse
espontáneamente en oposición al Foro de Davos y a otros cónclaves del imperio a
finales de los 90, y que han hallado expresión integral en las reuniones del
Foro Social Mundial de Porto Alegre desde el año 2001.
Salen a flote iniciativas puntuales aceptables
para vastos sectores de la periferia, como la propuesta de aplicación internacional
de un impuesto sobre las transacciones financieras en beneficio del desarrollo
de los países periféricos (inspirado en la conocida "Tobin Tax"),[8]
las propuestas de condonación —incluso progresiva— de la deuda a los países de
economías más retrasadas, la de levantar y dar apoyo a posturas de oposición a
cualquier tipo de medida que genere pobreza, o también el condicionamiento de
que la libre circulación de personas anteceda a la libre circulación de
mercancías que se proclama en el ALCA. Ha vuelto al primer plano de la agenda
el tema del fortalecimiento de las fórmulas de integración regional, como el
MERCOSUR, el Pacto Andino, y el CARICOM.
Y más acá de la economía, no olvidemos la campaña
contra las bases militares estadounidenses en los países periféricos, que con
tanta fuerza resonó en el IV Foro Social Mundial en Mumbai.
Otro signo relevante de reacción popular y de
posibilidades de cambio lo encontramos en las muestras de recuperación de la
capacidad de hacer uso del dispositivo electoral en función de los intereses de
las mayorías. Frente a la tendencia al abstencionismo, se ha comenzado a notar
la opción de las urnas para llevar a la conducción del Estado, en Venezuela y
Brasil, a las figuras que las mayorías decidieron que pueden responder a sus
intereses (y para mantenerlos, añadiría, en el caso de Venezuela), y se impidió
en Ecuador y en Argentina que el poder quedara en manos de los representantes
confesos de la oligarquía. En Bolivia la presión de las masas forzó la renuncia
de una presidencia a punto de tomar decisiones que afectaban hondamente los
intereses nacionales.
Parecería paradójico que tengamos que contar
todavía como excepción las situaciones del Tercer Mundo en las cuales el
sistema democrático —perdón, el sistema armado sobre el esquema liberal, he
querido decir— ha comenzado a funcionar para lo que se supone que había sido
creado: para que la voluntad de las mayorías decida quiénes y cómo las deben
gobernar. Sin caer en espejismos, hoy se puede constatar el déficit de equilibrio
del sistema político impuesto. Y con ello los signos de crisis de un noveno mito de la ideología neoliberal:
el mito del "fin de la historia".
Dedico las páginas finales de este artículo a
algunos apuntes para el debate actual sobre las alternativas al orden
neoliberal.
1.- El concepto de alternativa referido al sistema
neoliberal nos plantea, de entrada, algunos dilemas semánticos. El primero es
el que se vincula a la pregunta "¿Alternativa de quién?" ¿Para quién?
¿En interés de quién? Ante los efectos de agotamiento modélico (la situación de
Argentina se convirtió, en nuestra América, en la expresión más clara de ese
agotamiento), los centros de capital van a tratar de volver a decirnos, en
torno a sus propuestas, que "no hay alternativa". Vuelve hoy a cobrar
sentido el dilema entre las propuestas de izquierda y las propuestas de
derecha. Recordemos que el TINA de Margaret Thatcher tomó a la izquierda de
principios de los años 80 por sorpresa, sin alternativas propias que levantar
como horizonte de lucha.
El discurso de la izquierda envejeció —ya había
envejecido— tratando de defender a ultranza un paradigma en crisis. Ahora la
izquierda tiene que recomponerse; si se recompone, el paradigma tiene que ser
recreado, y las alternativas tienen que
buscarse en las coyunturas, es decir, para situaciones concretas. Los
lastres del siglo XX hacen más difícil que en el pasado retomar el concepto de
socialismo para designar lo que querríamos dibujar como un paradigma
postcapitalista, pero no ha aparecido
otro que lo supere para designar por contraposición un horizonte genérico.
Además, estigmatizarlo a partir de los fracasos puede ser tan nocivo como han
sido otros estigmas, e incluso más que otros.
2.- El segundo dilema sería, entonces, el que
tiene que ver con la pregunta "¿Desde
dónde nos planteamos la alternativa?" Aquí "dónde" es una
referencia sistémica más que física. No es lo mismo planteárnosla desde los
centros que desde la periferia (y, atención, no es que no sea importante el
problema planteado también desde los centros y no solo desde la periferia) ni
es lo mismo verlo desde América Latina que desde África ni desde Brasil que
desde Honduras. Ni desde Cuba que desde el resto de los países de la región.
Quiero decir, con palabras sabias que escuché de
Julio de Santa Ana, que "la
alternativa no está en un sistema que homogeneice, sino en el que logre equidad
y justicia social desde las diferencias".[9]
Las diferencias hacen la especificidad y hacen el
debate, y la situación de cada país es un universo en sí misma. Es
indispensable tomar en cuenta cómo cobran diferentes expresiones las políticas
de ajuste, la desregulación, la privatización, la liberalización del comercio,
la reducción del perfil del Estado-nación, y el proceso de endeudamiento
externo. Sin olvidar al propio tiempo que eso que llamamos, tal vez con una
vaguedad intencionada, "la alternativa", no puede quedar reducida a lo local: no es posible entrar ahora en
detalles, pero quiero subrayar el criterio de que la alternativa al capitalismo
transnacional, a la globalización neoliberal, tiene por definición que adoptar también una dimensión global.
3.- Un tercer dilema que me planteo, sin siquiera
salir del plano de la generalidad, sería "¿Dónde buscar la alternativa?" Solo para responder rápidamente:
en el futuro. Los hijos de la hispanidad (de esta hispanidad
incuestionablemente mestiza) hemos sido dados a engañarnos por la supuesta
sabiduría de los refranes, usualmente cargados de conservadurismo, y es falso,
entre muchas otras cosas que "cualquier tiempo pasado fue mejor". Cualquier tiempo mejor tiene que ser futuro.
Cualquier postcapitalismo mejor tiene que ser futuro. Una verdad elemental, a
pesar de que se le pasa muchas veces por alto, es que los proyectos
alternativos están delante, por definición, y no hay por qué buscarlos detrás,
al margen de cuál sea la orientación que informe la búsqueda.
En otros términos, que el
neoliberalismo no va a ser superado a partir del socialismo implantado, según
el modelo adaptado de la experiencia rusa del siglo XX. Ya sabemos que eso no
funcionó. Incluso la idea de una alternativa desde Cuba tiene el doble reto de
serlo a la vez frente al modelo neoliberal dependiente dominante y al modelo
socialista frustrado del siglo XX. Tampoco funciona la transpolación de otros
modelos por exitosos que nos luzcan. Lo cual no significa hacer tábula rasa de
los logros, a veces inmensos, que desde esos modelos se llegó a alcanzar.
Incluso una lectura más madura de la perestroika, del proyecto que nunca
cristalizó, sería importante hoy para dilucidar qué había de premonitorio en
aquella mirada crítica, y de válido en sus diseños.
Todo esto es imprescindible, a mi juicio, si
queremos orientarnos hacia un socialismo viable, que no tiene modelo preciso de
referencia.
Enfrentaríamos aquí el décimo mito de la ideología neoliberal, el de "la inviabilidad del socialismo",
contra el cual se alzan hasta ahora con éxito económico los experimentos chino y vietnamita, de alguna manera el más
enigmático (por hermético) proyecto norcoreano;
y el cubano, más caracterizado por
sus méritos sociales, pero sometido a una vulnerabilidad material muy
difícil de remontar. Todos ellos con vínculos históricos con el sistema
soviético, diferenciados en lo particular, y sin ser arrastrados por la
desintegración de aquel.
4.- Un cuarto dilema se relacionaría con el problema
de la intoxicación neoliberal. ¿Cómo
contrarrestarla o neutralizarla? Tal vez se le deba definir como el dilema
de la batalla de ideas. Acepto el
concepto si lo referimos a algo que exige muchas cosas: primero, el
discernimiento de cuál es el verdadero campo
de esta batalla; segundo, la identificación del oponente; tercero, reconocer con precisión las ideas a defender y las ideas a combatir; y cuarto, defender y
combatir con eficacia real. Lo que
debiera suponer siempre una nueva construcción, y la capacidad de enriquecernos
también de aquello que combatimos. La deconstrucción creativa, que creo
necesaria para llegar a propuestas viables.
Es una empresa muy compleja la de superar el
"sentido común" instrumentalizado desde el neoliberalismo o desde
cualquier otra perspectiva.
No debemos olvidar que TINA no denota solamente
una lectura política conservadora. Significa sobre todo la consigna de un
programa cultural. De lo que el sistema de poder transnacional necesita hacer
creer al mundo, para rescatar del deterioro a la lógica de la ganancia y volver
a sacralizarla como un factum. El neoliberalismo no solo es también un problema
cultural, sino que su mayor éxito —el único terreno en el cual no exhibe
todavía las fisuras del fracaso— es precisamente el cultural.
Es evidente —pienso yo— que se impone como
esencial a estas generaciones de hoy la misión del desmontaje efectivo de los mitos de la ideología neoliberal. La
verdadera revolución cultural.
5.- Un quinto y último dilema que quiero dejar
planteado, que atraviesa toda mi exposición y que resume de un modo u otro a
todos los anteriores, es el dilema del
poder. Comenzamos por reconocer la imposibilidad de hablar de neoliberalismo sin hablar de capital transnacional, ni de globalización sin hablar de hegemonía. Para terminar ahora
afirmando que no se puede hablar de alternativa
sin hablar también de poder.
Lo incluyo como dilema
porque la concentración del poder del capital en el ordenamiento actual y la
rotunda pérdida de soberanía del Estado periférico nos ha llevado a lo que tal
vez sea el undécimo mito.
El mito de la "transferencia de poder", que cobra manifestaciones muy
diversas; pero que encuentran un denominador común en las ideas de los
objetivos limitados del Estado central, de la prioridad del escenario
comunitario, de los movimientos sociales sin proyección política explícita, de
la introducción de la democracia participativa desde la base, y muchas otras
afines.
Aclaro que pienso ante todo que todas estas ideas
son, más que legítimas, esenciales. Pero aclaro también que no las puedo
entender soslayando el significado del poder sino como otro modo de procurarlo
más acorde a la complejidad del espectro político y a la orientación socialista,
en la cual se hace indispensable la construcción de una democracia distinta. La historia ha demostrado que el capitalismo puede reproducirse sin
democracia, pero el socialismo no. Y pienso yo que es algo también afín a
la previsión gramsciana en torno al destino de la sociedad civil en una
sociedad socialista.
Quiero finalizar estas líneas acudiendo a un
esquema, bastante manejado hoy, que sintetiza un planteo del horizonte actual a
partir de la confrontación de tres
grandes opciones o tendencias:
a.- El retorno de un keynesianismo
mundializado, que estaría en el centro de un esfuerzo de socialdemocratización
progresiva.
b.- La idea de la revolución mundial como
único camino posible, hacia la cual nos iría conduciendo progresivamente la
maduración y radicalización de los movimientos sociales de resistencia.
c.- La continuidad natural del modelo
neoliberal de relaciones, cuyo curso podemos percibir en el ALCA como
próximo escalón.
Es evidente que la creación de la OMC, en 1995,
con facultades compulsivas sobre los Estados miembros, es un instrumento clave
para quienes aspiran a eternizar la globalización de la dictadura del mercado.
Y que en la presente coyuntura la ocupación de Iraq provee a Estados Unidos y a
las transnacionales petroleras con un poder suficiente para poner en crisis a
la OPEP en el control de la mercancía más decisiva en el comercio mundial.
Quiero decir que la marcha de los
acontecimientos se orienta a anclarnos cada vez con mayor fuerza en la
tercera de las variantes de este esquema. Esta es la verdadera tragedia del
presente.
Personalmente me inclino más a mirar el horizonte
desde una clasificación dual de las opciones: el curso natural de la lógica del
poder transnacionalizado, que conduce al ALCA y desde el ALCA sabe Dios a qué monstruosidad
estructural; o buscar los modos de cortar ese curso natural, en lo cual las variantes keynesianas y las más
radicales no tienen por qué ser excluyentes en perspectiva, siempre con la
prevención de que las segundas por sí solas serían inviables y las primeras por
sí solas serán insuficientes. Con lo cual quiero decir que la alternativa se
orienta en la dirección de un proyecto contra-hegemónico, amplio pero
inequívoco, al poder del capital.
He intentado resumir aquí una reflexión que he
venido desarrollando a lo largo de los últimos años, y que es tributaria de
muchas ideas incorporadas en el camino, que no se limitan a las que aparecen
acreditadas en citas puntuales. En todo caso no quiero dejar de reconocer que
me siento deudor de numerosos colegas que han extendido su mirada lúcida y
comprometida hacia el presente y hacia el futuro de nuestras sociedades.
Fuente: www.defensahumanidad.cult.cu/list_public.php <http://www.defensahumanidad.cult.cu/list_public.php>
[1] Véase Fernando Martínez Heredia: "La alternativa cubana", El
corrimiento hacia el rojo, Letras Cubanas, La Habana, 2001, p. 62.
[2] Esta cita de su libro Gramsci, hegemony and international relations: an essay in method,
la he reproducido del libro de Luis Fernando Eyerbe: Los Estados Unidos y la América Latina. La construcción de la hegemonía,
Ediciones Premio Casa de las Américas, La Habana, 2001.
[3] Cito al respecto la opinión de Susan George:
"Abrigamos serias dudas de que, en las próximas décadas, un sistema
político-económico mundial alternativo pueda competir razonablemente con la
economía de mercado global, ni en el terreno teórico ni en el práctico",
en El informe Lugano, Editorial de
Ciencias Sociales, La Habana, 2002.
[4] Susan George: Ob. cit.
[5] Utilizo el concepto de soberanía funcional en el
sentido que le dio el Informe de la
Comisión Sur, que presidió Julius Nyerere a finales de los años 70, y que
hoy parece olvidado.
[6] Tomado de Alberto Acosta, en conferencia
impartida en la Universidad de Cuenca, Ecuador, en noviembre del 2002.
[7] Véase Víctor Ego Ducrot: El color del dinero: las rutas financieras del poder, Editorial
Norma, Buenos Aires, 1999.
[8] La sigla ATTAC designa a un importante movimiento
con este propósito, impulsado desde Le Monde Diplomatique, que celebró su
primera reunión internacional en París en 1999, y que se ha extendido
rapidamente por América Latina, y constituye una de las fuerzas activas en
Porto Alegre
[9] Citado de una intervención de Julio de Santa Ana
en el encuentro de pensadores convocado por CLAI, en noviembre del 2002.